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Turismo a la sombra

En el recorrido por la cárcel de Alcatraz, en una isla frente a San Francisco, se reviven las increíbles historias de fugas, motines y presos famosos

Turismo a la sombra
SAN FRANCISCO.- Visitar una cárcel no es precisamente una de las experiencias más amigables y placenteras, menos aún disfrutando de unas vacaciones, pero las increíbles historias de fugas y motines atraparán a los que lleguen al célebre presidio de Alcatraz, en una isla frente a la gran bahía de San Francisco, California.

Seguramente se acentuará aún más el interés por visitar la prisión (actualmente recibe un millón de turistas por año) cuando se estrene, el año próximo, una nueva serie norteamericana que contará la historia de un grupo de prisioneros y guardias desaparecidos en el pasado y reaparecidos en el presente en Alcatraz, con la producción nada menos que del creador de Lost, J. J. Abrams, y protagonizada por Jorge Garía, otro ex de la serie.

Lejos de la ficción de series y películas, Alcatraz alojó a los prisioneros más peligrosos, conflictivos en otras cárceles y famosos como Al Capone, el pajarero Stroud y el asaltante Roy Gardner. Sus historias se reviven en el recorrido por los lúgubres pasillos.

Después de una navegación de unos quince minutos en ferry y una charla de bienvenida, se asciende al gran edificio, con una gran vista de la ciudad, para retirar los auriculares con el audioguía en español.

Los narradores del recorrido son ex convictos que recrean con dramatismo sus días tras las rejas y cuentan con lujo de detalles las más pavorosas historias. Está claro que padecían un doble castigo: estar privados de la libertad en una de las cárceles más temidas y ver las luces de San Francisco tan cerca.

Las puertas de Alcatraz se abrieron en 1934 como un presidio de máxima seguridad. ¿Quién podría desafiar las aguas heladas y las corrientes traicioneras imposibles de nadar?, pensaban las autoridades.

Las condiciones de los presos eran peores de lo que uno se podría imaginar. Cada celda medía 1,5 m de ancho por 2, 75 m de largo y tenía una cama, un inodoro y una pileta empotrados en la pared. Las áreas comunes se llamaban Broadway (sector de negros) o Time Square, casi como una ironía que recordaba aún más los días de encierro.

Usted sólo tiene derecho a ropa, alimento, abrigo y atención médica, todo lo demás es un privilegio, una de las estrictas reglas del penal, que todavía se puede leer en una de las paredes. Con buena conducta podían acceder a juegos en el patio, recibir visitas una vez por mes, participar de clases de crochet (se exhiben las mañanitas), escuchar radio y sacar libros de la biblioteca. "Estos hombres leían literatura mucho más seria que cualquier otra persona en la comunidad. Filósofos como Kant, Schopenhauer y Hegel son especialmente populares", según cuenta un gran cartel en el sector donde funcionaba la biblioteca.

La soñada libertad
Los intentos de escape se recrean con realismo: marcas en el piso, agujeros en las paredes y ruidos de explosión en el audoiguía. Fueron 14, todos fallidos, excepto uno.

El primero de la serie fue en 1936, cuando Joseph Bowes, seguramente harto del encierro, trepó los alambrados a la vista de todos y fue fusilado.

Los siguientes fueron más sofisticados y sangrientos. El de 1946, conocido como la batalla de Alcatraz, fue protagonizado por seis reclusos, que redujeron a varios guardias, tomaron el puesto de control y capturaron armas, pero fracasaron en el intento por tomar la llave para abrir la puerta al exterior. Luego de tres días de enfrentamientos los guardias retomaron el control del penal.

Sin duda, la fuga más renombrada fue el 11 de junio de 1962. Los guardias, a la mañana se dieron cuenta de que faltaban tres reclusos. En sus celdas encontraron tres cabezas hechas con cartón -se mantienen en exhibición- ocultas entre las sábanas, que pasaron airosas el recuento nocturno.

Frank Morris y los hermanos John y Clarence Anglin habían cavado un túnel pacientemente durante más de un año con instrumentos muy caseros: cucharas y cucharones. Y esa noche se escaparon por las tuberías sin que nadie se diera cuenta, sin que sonaran las alarmas. Nunca fueron encontrados, ni vivos ni muertos, aunque se presume que se ahogaron.

La inquebrantable roca había sido vulnerada. Ni las alarmas, el cerco perimetral con alambres de púas, el gas lacrimógeno y las extremas medidas de seguridad pudieron evitar la fuga.

Fue uno de los capítulos finales de la penitenciaría más atroz del país (hubo un intento más de fuga unos meses después que fracasó). Al año siguiente, Robert Kennedy ordenó cerrar el presidio. Luego de unos años de ocupación de la isla por aborígenes llegaron los turistas para espiar cómo era la vida tras las rejas en La Roca.

Por Andrea Ventura
Enviada especial

Domingo 19 de diciembre de 2010

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