En su edición del pasado 19 de noviembre, el Times Literary Supplement dedica una página, firmada por el crítico John Stokes, a una nueva biografía de Sarah Bernhardt escrita por Robert Gottlieb, Sarah (Yale University Press, 256 páginas, 25 dólares).
Tras anotar algunos de los rasgos característicos de la "Divina" que la han hecho notoria hasta en nuestros días -sus giras internacionales hábilmente organizadas, su fabulosa y exitosa autopromoción-, dice Stokes que el trabajo de Gottlieb no sale de las habituales biografías de Sarah, calificando a dos de ellas de excelentes: The Divine Sarah , de Arthur Gold y Robert Fitzdale, y Being Divine , de Ruth Brandon, ambas de 1991 (por nuestra cuenta, añadimos Madame Sarah , de Cornelia Otis Skinner).
"No obstante, hay un área en la que Gottlieb sí aporta algo nuevo, aunque no ahonda tanto como debiera. Este libro aparece en una colección denominada Vidas judías . La palabra vidas justifica el énfasis biográfico; más complicado es determinar el preciso sentido en que Sarah era judía". Que lo era, no le cupo duda a ninguno de sus contemporáneos, y ella misma lo afirmó siempre. Se supone que la Bernhardt nació en 1844 (la fecha exacta es incierta; murió donde había nacido, en París, en 1927), de madre judía holandesa, una demi-mondaine no demasiado exitosa; el padre pudo haber sido un tal Paul Morel, marino. Sea como fuere, Sarah se educó en un convento, durante seis años, y fue bautizada a los once de edad. Gottlieb sugiere que la madre aspiraba a que la hija tuviera mejor educación que ella y la preparó para ser "recibida por el mundo respetable: saber expresarse, moverse y comportarse como una dama".
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Sarah misma se encargó de aclarar, en su autobiografía, que "la querida sangre de Israel" corría por sus venas, y fue apasionada defensora del capitán Dreyfus en el célebre proceso que conmovió a la sociedad francesa de la belle époque . En tanto que su propio hijo, Maurice (cuyo padre, que nunca lo reconoció, era un aristócrata belga, el príncipe de Ligne), estaba en el bando opuesto. Gottlieb opina: "Como en el caso de Disraeli, el judaísmo fue para Sarah más una cuestión genética que religiosa". Y concluye que la actriz pudo haber pasado de moda ya a comienzos del siglo XX, "pero Bernhardt se aseguró su triunfo póstumo como pionera de una forma de exceso seguida por infinidad de artistas mujeres y que, gracias a Madonna y Lady Gaga, no tiene miras de acabarse".