RESPECTO de Estados Unidos, hay quienes expresan preocupación por lo que describen como un avance sostenido del músculo militar sobre el tacto diplomático.
Detrás de esa afirmación parecería existir una visión del país del Norte como una suerte de máquina militar. No obstante, hoy la acción exterior norteamericana tiene un rumbo distinto. En apariencia, el opuesto. Porque busca reforzar el poder civil cuando de conducir las relaciones con el resto del mundo se trata.
La administración de Barack Obama -como lo acaba de señalar la secretaria de Estado, Hillary Clinton, en un artículo en Foreign Affairs - ha decidido aumentar sustancialmente la planta del servicio exterior en más de un millar de puestos y ha provisto los fondos necesarios para ello. Esto hace décadas que no sucedía. No era, por lo demás, la visión de la administración anterior. Lo mismo ha ocurrido con Usaid, la agencia que centraliza la ayuda exterior de Estados Unidos, que agregará más de un millar de funcionarios, también civiles, a sus filas. La presencia civil en el manejo de los temas y cuestiones que tienen que ver con las relaciones exteriores pareciera estar siendo reforzada. Así, la diplomacia tiene ahora asignado un rol preponderante en la acción externa norteamericana.
En rigor, hace más de un año se inició un ejercicio que apunta a consolidar un cambio de estilo. Se trata de una revisión de la vinculación existencial entre la diplomacia y el desarrollo, que incluye tanto al servicio exterior como a la mencionada Usaid. Ella está definiendo cómo se acentuará la acción civil en la relación con la comunidad internacional, incluyendo a las instituciones de la sociedad civil. Porque se asume que la creatividad no es un proceso solitario. Escuchar y aprender enriquece a todos. Además, porque la eficiencia, es obvio, supone coordinación.
Se procura teóricamente acoplar mejor la acción de la diplomacia con el resto del sector público norteamericano, con el propósito de asegurar que las acciones que apuntan a impulsar el desarrollo tengan efecto duradero. Esto supone jerarquizar la acción diplomática. O sea, robustecer (y no disminuir) el impacto del tacto diplomático. En consecuencia, el diálogo diplomático norteamericano incluye a decenas de agencias gubernamentales cuya acción se coordina en busca de eficacia. De este modo, una serie de proyectos con terceros Estados, como el de colaborar en mejorar la labor de los poderes judiciales, o la acción sanitaria, o la promoción del respeto por el Estado de Derecho, o las formas de modernizar la producción agrícola, pretenden mayor impacto. Por esto la secretaria de Estado norteamericana ha dicho que sus diplomáticos tienen que saber "usar tanto el traje de calle como la ropa de fajina". Lo que debería aplicarse en todas partes.
Con el objetivo de dar permanencia a la acción, hay en marcha dos programas: la Iniciativa Global para la Salud y Alimentando al Futuro. Ambos procuran dar continuidad a los esfuerzos en las áreas respectivas, que flotaban a la manera de acciones esporádicas. Porque ambos programas tienen que ver, indirectamente, con la paz y la seguridad.
En Irak hay aún no sólo 50.000 militares, sino también unos 1600 funcionarios civiles del país del Norte. En Afganistán, a su vez, está actuando en el terreno un grupo de más de 1100 diplomáticos. El costo de la guerra en Afganistán -hija del atentado contra las Torres Gemelas- duplica el costo de la presencia militar norteamericana en Irak. Las dos operaciones, sumadas, componen el 15% del déficit fiscal. No es poco. Pero no pareciera ser la causa principal de los problemas económico-sociales que enfrenta Estados Unidos.
La gravitación civil en la política exterior norteamericana no es nueva. Es cierto, había perdido notoriamente espacio. Pero, como también recuerda la secretaria de Estado, así se estructuró y condujo el Plan Marshall; se impulsó la Declaración Universal de los Derechos Humanos; se generaron los Cuerpos de Paz en época de John F. Kennedy; se movilizó a Norman Borlaug en la transformación revolucionaria de la agricultura, que permitió paliar el hambre que se cernía sobre algunas regiones, y se impulsó la reunificación europea en 1991. El objetivo perseguido parece ser, queda visto, impulsar una creciente acción civil en la vinculación con el resto del mundo. En paralelo, las primeras recomendaciones de la comisión especial bipartidaria que aconseja al presidente norteamericano acerca de cómo reducir el gasto público le ha recomendado reducir el gasto militar en más de 100.000 millones de dólares anuales. Además, que se recorten los subsidios al sector rural en unos 3000 millones de dólares, lo que -comparativamente- permite advertir la magnitud de cada tijera en función de los distintos objetivos. Este pareciera ser el rumbo. Si los objetivos se cumplen, la acción de la diplomacia debería aumentar su influencia y visibilidad. El cambio gestado por el presidente Barack Obama parece claro. Uno puede ciertamente creer, o no, en él. Pero eso tiene poco que ver con la objetividad.
Es cierto, Estados Unidos, como acaba de señalar Joseph S. Nye, debe tomar conciencia y asumir que su poder relativo ya no es el de antes. Pero el poder, en sí mismo, no es necesariamente bueno ni malo. Depende de cómo se lo utilice. Por esto importa que la agenda exterior tenga una creciente dinámica civil. Lo que no asegura que su acción esté libre de pifias, a veces tremendas, tal como lo demuestra la humillante filtración de miles de cables del Departamento de Estado que acaban de tomar estado público.