Todos nuestros analistas vivían en los alrededores de Palermo Sensible.
Mi primer psicólogo usaba un pañuelo en el cuello y cintas de colores en la muñeca. Me atendía en el Pasaje del Signo, a media cuadra de Salguero. Otro, analista freudiano ortodoxo, se vestía con pantalones de montar y un cinturón de gaucho con monedas de plata. En las paredes de su consultorio de la calle Guise, cerca de Paraguay, colgaban fustas, cuchillos y facones. Tuve un psicoanalista lacaniano que se teñía el pelo y el bigote de rubio y calzaba botas de músico country, acabado en punta, taco, cuero repujado, un dandi algo decadente. Estaba más cerca de Pueyrredón. Otro, fornido, de unos sesenta años, me recibía vestido de negro como un estudiante del Actors Studio. Un día atendió el teléfono –“una excepción”, me susurró– y dijo: “Hola, ¿Evangelina?”. Mi corazón se detuvo, dejé de llorar de inmediato. Sólo quería escuchar lo que venía. Cuando era pequeña, mi deseo más ferviente era que alguna amiga me invitara a su casa para ver Jacinta Pichimahuida, no sólo porque amaba los ojos celestes de Evangelina Salazar, sino porque la sola mención de los nombres de Palmiro Cavallasca, Cirilo Tamayo o Etelvina Roviralta, de cualquier personaje televisivo de la tarde se me presentaba revestido de un aroma a torta de vainilla, de un espíritu hogareño que me reconfortaba. En mi familia revolucionaria se abominaba con igual intransigencia de la televisión, opio de los pueblos, como de las tareas culinarias con que la pequeño-burguesía oprimía a la mujer. “¿Y Ramón el lunes no puede?”. La frase final terminó de aniquilarme.
Mi madre, entusiasta militante de la causas setentistas, me conminaba a ir “a terapia” para “expresar lo que sentía”, y si lo consideraba necesario, también, a modo de complemento, a tomar clases de expresión corporal, biodanza, euritmia o cualquier otra disciplina que alentara el “contacto”. El cuerpo tiene sus razones, un libro de Thérése Bertherat, era leído en grupo con misticismo, no sé si porque su autora era francesa y mi madre admiraba por principio todo lo francés, o por su concepto de “antigimnasia”: cualquier subversión a las normas le atraía.
Mi madre recomendaba con especial fervor la práctica de la terapia de grupo: una especie de ingeniería de drenaje como higiene psíquica gregaria. Ante la menor adversidad –estudiantil, amorosa, familiar– la única solución imaginable era “el análisis”. Porque nunca los problemas residían en las cosas mismas (mucho menos en la casualidad, fuerza jamás contemplada), sino en una especie de causalidad intencional que lo hacía a uno culpable de todo –y a la vez disculpado– debido a un travieso pero inimputable “inconsciente”, fuente absoluta de cada contingencia del universo personal.
Un par de meses atrás mi amiga Albertina nos trajo de Berlín un espray bucal que prometía implantar recuerdos de una infancia dichosa. “¿Miles de dólares en terapia y usted todavía no puede dejar atrás la vez que sus padres lo olvidaron en el shopping?” Si hablar de su infancia lo hace llorar, decía en la lista de prescripciones en letra minúscula, tal vez sea tiempo de obtener nuevas remembranzas. Este patentado espray de recuerdos artificiales, aseguraba, evocará instantáneamente en sus usuarios recuerdos de vacaciones familiares, de juegos en el patio trasero y de deliciosas actividades domésticas con mamá y papá. Una inmediata sensación de inocencia, seguridad y bienestar lo embargará tan pronto estas escenas vengan a su mente, leímos en el envase. Al aplicar el espray en mi boca, sin embargo, sentí un desagradable gusto a empaste odontológico. Ni rastros del esperado sabor a jardín invernal. ¿Es que el estereotipo de la niñez feliz se asocia al consultorio del dentista? Al final tuve que ir al psiquiatra. México y Defensa. Después de quince minutos de preguntas y respuestas me recetó Lamoctrigina 25 miligramos. Mientras nos estrechábamos las manos, sonó el portero eléctrico del consultorio. Al salir, el doctor me entregó un juego de llaves y me pidió que se lo entregara a su próximo paciente que aguardaba en la puerta de calle. Bajé por el ascensor y miré hacia el otro lado de la puerta vidriada. Dos hombres jóvenes aguardaban afuera. ¿A quién dar las llaves? Uno de ellos vestía un jogging azul oscuro que no intentaba constituir un significante y cargaba un paquete. El corte de pelo del otro lucía de unos 250 pesos, la mitad de la consulta del psiquiatra. Sin dudar abrí la puerta y entregué a él las llaves: “De los dos, vos sos el que más pinta de desquiciado tiene”, le dije. Él rió y yo me di cuenta de que era Adrián Suar. Aunque en la actualidad desconfío de todo producto o productor de televisión, sólo porque festejó mi chiste me resultó simpático. ( Tema a desarrollar: la autocomplacencia.
) La Lamoctrigina es un estabilizador del ánimo, inhibidor del voltaje de los canales de sodio que modula la liberación de los neurotransmisores presinápticos excitatorios; me produjo una erupción cutánea, la sensación de que dos tenazas comprimían mi cráneo y un súbito pavor a la demencia. Tal vez no haya sido Adrián Suar, de cualquier modo.