A 80 kilómetros al sur de Natal, una playa para descansar lejos del ruido y las avenidas, pero con aires cosmopolitas.Paseos en Buggy e incursiones en la espesa mata atlántica; muy cerca, Tibau do Sul, paraíso de los deportes náuticos.
PIPA.- Las playas del litoral marítimo del nordeste brasileño convencen al iniciado más exigente. Y se puede decir que existe cierta preferencia en dirección al sur de la ciudad de Natal. Allí, a 80 kilómetros de la capital del estado brasileño de Rio Grande do Norte, Tibau do Sul y Pipa tienen todas las de ganar.
No cuentan con aeropuerto. Tibau y Pipa carecen de grandes avenidas, y el sol jamás se esconde detrás de una alta construcción. A sus estrechas y desiguales callejas se accede llegando desde la ciudad de Natal, por la BR101, la carretera más larga de Brasil que circula por el interior del sur del Estado. Un entretenido trayecto entre poblaciones como San José y Goianinha, y campos que se alternan con cultivos de maíz, bosques de coqueros y plantaciones de hortalizas. Por el camino son visibles, también, grandes criaderos de camarones, industria que aquí en el nordeste brasileño catapultó al primer plano de la producción nacional del crustáceo.
Hay que dejar atrás el arco que anuncia la entrada al municipio de Tibau do Sul para internarse en el distrito de Pipa, donde se encuentra esta suerte de edén sudamericano. Un desborde de territorio que se derrama hacia el mar, dándole forma a un póquer de hermosas bahías.
El espectáculo comienza unos pocos minutos antes de llegar, cuando desde la cima de la costa acantilada se visualiza la Praia do Madeiro, donde es común el avistamiento de grupos de delfines. El camino va descendiendo y el ánimo encendido se prepara para vivir intensas emociones. Mientras el vehículo se detiene en un centro comercial rodeado de jardines y florestas, en la calle, el oído empieza a acostumbrarse a una babel de idiomas.
Abajo, en la costa, un escuna navega frente a la playa principal. En la inefable Praia do Amor reina el windsurf. El nado acompasado de los acrobáticos delfines, en Praia do Curral, debajo de las falesias (acantilados) de Chapadao, las olas se repiten una y otra vez, hasta ser domadas por los surfistas.
Queda claro que por aquí la demanda de ocio y placer se abastece de cuanta actividad haga falta. Las atracciones, el paisaje de ensueño y un místico encanto conforman en Pipa un tríptico fenomenal. Altamente recomendables son las cómodas posadas, los alojamientos de primerísimo nivel y la arquitectura adecuada al entorno, a los que, si se desea, se puede acceder también para almorzar o cenar, y saborear el menú del Nordeste, ese alto exponente de la culinaria nacional, que presenta exquisitos platos de pescados y carnes, con el aporte de los mariscos, además del complemento de verduras, frutas tropicales y de su majestad: el camarón.
También la aventura, que suele tomar forma de turismo ecológico, si se trata de excursiones por el litoral marítimo, en las que el traslado merece debida atención por lo irregular del terreno. Para eso nada mejor que el alquiler de los pequeños Buggies o los potentes vehículos de doble tracción. Paseos que avanzan hasta el confín sureño, cerca de la frontera con el Estado de Paraíba, donde la localidad de Sagi guarda el increíble espectáculo de la Lagoa da Coca-Cola, un gran espejo de aguas teñidas del color del popular refresco. Siempre a orillas del mar, al abandonar la zona del desove de las tortugas marinas, se arriba a Sibaúma.
Un extenso coqueiral invita a reconocer una extensa sección de la típica mata atlántica (bosque silvestre). Al llegar a la deliciosa costanera de Bahía Formosa, las nubes ocultan el sol del mediodía anunciando precipitaciones. La lluvia se hace presente en Barra do Cunhaú. Un esperado aguacero decidido y fugaz que trae un alivio de frescura y exhibe, cuando cesa, los bellos dorados y púrpuras de la reaparición del sol, reflejos que se filtran triunfales en medio de nubes remolonas. A lo lejos, desde el bucólico caserío, se oye el sonido de un forró, la música folklórica del Nordeste. La balsa se detiene en la costa norte del río Cunhaú. Para regresar de allí a la romántica Pipa no hay más que un largo trecho de marismas y arenas blanquísimas matizadas de renegridos pedernales.
Amor que fica é amor de Pipa . La frase se pasea airosa por la calle, escrita en la remera de dos jóvenes holandesas. Un aserto que tal vez encuentre respuesta en una mirada furtiva, un ademán gentil, quizás al doblar la esquina o a la orilla del mar, pero siempre bendecido por un especial sortilegio que existe, que a veces falla y que no se puede explicar.
Así es en Pipa donde las noches suelen comenzar en un bar, continuar en un club y culminar al alba en la playa.
La cautivante Tibau
Una puesta de sol, la madre de todos los espectáculos playeros, cobra mayor importancia cuando el escenario natural tiene todo dispuesto para sumarle placidez y grandiosidad. Tibau do Sul, en la desembocadura de la laguna de Guaraíras en el mar, posee el privilegio de sus inolvidables ocasos, para contemplarlos cómodamente sentado a la mesa del bar del hotel Marinas, crepería y heladería que se asienta en medio del acantilado.
Una ventana panorámica abierta a cuanta actividad náutica pueda imaginarse. Pero no sólo de magníficos arreboles se vive. También Tibau ofrece la fina arena de sus playas, cabalgatas, canotaje, además de pesca oceánica y otras opciones como paseos en lancha con avistamiento de delfines incluido.
Todas estas virtudes convierten a esta antigua villa de pescadores en una opción más que válida a muy pocos minutos del cosmopolitismo de Pipa.