Buenos Aires no es una ciudad de gente serena. Más bien, sus habitantes nos caracterizamos por el malhumor, la impaciencia y el individualismo, que muchos llaman fanfarronería. Cuando llegan las Fiestas, en lugar del tintineo de las campanitas y la risa de Papá Noel, se escucha el torvo redoblar de los bombos. Algo raro viene sucediendo en los diciembres.
En la tabla universal del estrés, se destacan cuatro causas supremas: 1) Enviudar 2) Divorciarse 3) Quedarse sin trabajo 4) Mudarse. Son circunstancias en que toda la vida salta por el aire y nosotros permanecemos en estado de angustia infinita, hasta que las piezas se van acomodando.
Hay que reconocer que, en este diciembre de 2010, los porteños nos vimos atacados por una fiebre de dilemas caóticos difícilmente igualables.
Durante la segunda semana de diciembre comenzaron insondables movimientos sociales: la toma de parques y ocupación por la fuerza de casas o terrenos públicos, donde luego se construyen casillas que son alquiladas por 800 pesos por sus "propietarios". Algunos de estos poseen "catorce piezas", para renta, según denunció Margarita Barrientos, la gran heroína de Los Piletones de Soldati, y además cobran un subsidio de desempleo que monta otros 1000 pesos. Ha surgido una nueva clase: los empresarios inmobiliarios pobres/ricos, que no trabajan, sino que poseen y rentan de hecho terrenos ocupados por la fuerza. Los okupas, una versión postmoderna del malón.
El porteño, que puede vivir en Lugano, en Flores o en Vicente Lopez, siente que hay ojos codiciosos mirando su club de barrio.¿Lo ocuparán, como al club Albariños? ¿Marcarán con banderitas y cintas de colores lo que ayer era una cancha de fútbol, de tenis, de hockey? ¿Qué será de la pileta donde los chicos pasan el verano? Ah, como saberlo.
Un cierto sindicato bancario exige bonificaciones que otros colegas ya recibieron. Como no las obtienen, bloquean el Banco Nación, por lo cual muchos jubilados no cobran su aguinaldo de Navidad. Mientras tanto, el gremio metalúrgico sostiene que el aumento anual del 20 por ciento no compensa la inflación, y reclama algo más. Los "tercerizados" de Avellaneda cortan las vías, por lo cual revienta de furia la terminal Constitución: hay violencia, incendios y saqueos. Es que todas las protestas sectoriales se convierten en agresiones directas al pueblo. Sobre todo, a los pobres. Se cortan las calles, las rutas, las cadenas de pagos.
Es diciembre.
Y es la Argentina. Aquí, el que se siente perjudicado extorsiona al Gobierno (o a la patronal, o a la sociedad, o al universo) tomando de rehenes a los indefensos ciudadanos, que aguantan mascullando. Alguna vez llegará nuestro día de furia, como en la película de Michael Douglas.
Los piqueteros, manifestantes o bombistas no escuchan: ellos exigen solidaridad de los demás mientras estrangulan al pueblo, que necesita de la calle, los trenes y los colectivos para circular, respirar y vivir.
Los patrulleros de la Policía Metropolitana recorren lentamente el perímetro del Rosedal, porque corre el rumor de que "alguien" va a tomarlo. Mientras tanto, las casillas de la Villa 31 se siguen edificando: tres, cuatro, cinco pisos. Sobre terrenos que nadie pagó. Con servicios de agua y luz "regalados" por los riquísimos empleados y comerciantes de Buenos Aires.
El porteño mira el panorama mientras corre del banco a la estación de servicio, de la municipalidad al shopping, pagando aquí y allá todas las cosas que tiene que pagar por habitar en una ciudad grande y famosa(?). La temperatura ha subido repentinamente hasta los 37 grados. De noche no se duerme. Hay cortes de luz en Liniers, en Flores, en Mataderos, con lo cual se apagan los ventiladores, se mueren los equipos de aire acondicionado y la comida, amontonada en las heladeras, se pudre vertiginosamente.
Feliz Navidad, murmura el porteño con una sonrisa amarga.
El estrés ya supera a las causas mayores (viudez, despido, divorcio y mudanza) para alcanzar el pico de la postración. El porteño no hace más que arrastrarse boqueando. Pide piedad. Pide enero.