Cada balneario, cada complejo de cabañas, cada apart hotel tiene su desubicado. O una familia desubicada, en realidad.
Es una condición excluyente de las vacaciones. No importa cuán lejos de te vayas o cuál sea tu poder adquisitivo: siempre hay un par de personas que tiran al perro a la pileta, que ponen la música a todo trapo, o que hablan a los gritos pelados en los pasillos de un hotel. Es para equilibrar el descanso de todo el mundo; como si el universo los repartiera equitativamente entre todos para que soportemos su falta de límites, en vez de ponerlos juntos en un resort para que se arruinen las vacaciones entre ellos.
El año pasado, por ejemplo, tuvimos unos vecinos que escuchaban una música horrenda y le decían "mogólico" al hijo de tres años porque no sabía nadar. El anterior, una pareja que estaba a dos casas de distancia y nos golpeaba la puerta todos los días para pedirnos una taza de azúcar, un poco de detergente, ¡una pinza de depilar! También fuimos a Bariloche y nos tocaron dos viejos que se robaban todas las medialunas del buffet ante nuestros ojos incrédulos, y este año -que pasamos las fiestas en Cariló- la familia más ruidosa del universo se instaló justo en la cabaña de al lado nuestro.
A la playa nunca vamos, debo reconocerlo, pero las tres o cuatro veces que nos animamos, siempre hubo una familia que tiraba basura en la arena, que fajaba a mi sobrino, o que dejaba que su perro nos robara zapatillas, pelotas y juguetes. Ni hablar de los micros, los aviones, los trenes. Hay una familia desubicada por vehículo o por vagón como mínimo.
Tengo que reconocer, sin embargo, que el desubicado no es malo. Es pesado, insufrible, pero malo no. Su problema es su dificultad para convivir con el resto, sus avivadas, sus garroneos, y su imposibilidad de existir sin hacer ruido. Son las tres variables que existen, a veces todas juntas, a veces separadas. El desubicado hace lo que quiere sin entender que el otro existe y tiene derechos. Pasa por encima, irrumpe, usurpa, acapara lo que debería compartir y respetar.
Si alguien se lo hace notar (otro cliente o el anfitrión) el desubicado siempre se ofende. Cree que los demás son aburridos o remilgados y que no lo dejan disfrutar de las vacaciones. Se lo puede escuchar murmurándole al hijo que deje de tirar cosas a la pileta porque la señora de la recepción está nerviosa, o explicarle a su mujer que él pagó por ese viaje en avión y por lo tanto la manta, los auriculares y los cubiertos, le pertenecen. "Con lo que te cobran", finaliza, para justificarse, mientras se mete todo en el bolso de mano.
Tengo treinta y dos años y he viajado o ido de vacaciones más de cincuenta veces. De todas, no puedo recordar ni una sin un par de desubicados. Nunca me tocaron tres juntos y en otro viaje ninguno. Siempre es uno por vez. Como si estuvieran repartidos para que todos, menos ellos, tengamos la misma dosis de sufrimiento.